Archivo de septiembre 2013

1. SANTI

15

¿Por dónde empezar? ¿Cuál fue la primera vez que noté el miedo soplándome en la nuca, susurrando ideas aterradoras a mi imaginación? Habría muchas ocasiones, muchas palabras sutiles, en noticias y en titulares que parecían no ir con nosotros. Había gestos que me lo anunciaban, actos de gente anónima que deberían habernos puesto en guardia pero sería inabarcable dejar constancia aquí de todos esos detalles en apariencia intrascendentes. Prefiero, pues, empezar en el punto concreto en que cambió mi vida y la de muchos otros, cuando los acontecimientos se aceleraron vertiginosamente, cuando las sospechas se convirtieron en hechos reales y tangibles, dolorosos, terroríficos.
Nada de esto sabíamos ni Robe, ni Fernando ni yo aquella noche de verano en que decidimos salir, huyendo de la rutina asfixiante y del calor húmedo de nuestra ciudad. Fue un viernes y después de unas llamadas, nos vimos los tres en busca del cobijo del aire acondicionado de algún bar. Nos valía con que estuviese abierto. La ciudad parecía fantasmal, sin nadie por la calle, y nosotros íbamos tan despreocupados como inconscientes de lo que aún estaba por venir. Caminamos, enmedio de una conversación banal, caminábamos sin rumbo hasta encontrar un local abierto y no pudimos elegir. La opción fue una triste cafetería sin personalidad, y en la barra, una somnolienta camarera se moría del aburrimiento. Nos sentamos en una mesa al fondo, para estar tranquilos, pero antes pedimos unas cervezas. El caso es que pese al panorama general, Fernando estaba especialmente chistoso y no parábamos de reír. Fernando era un tío grandísimo, de casi metro noventa y muchos kilos, aunque nunca lo supe en concreto porque bien que se negó a confesarlo. La primera impresión era intimidante, pero cualquier temor quedaba disipado al verle colocarse el flequillo con un golpe de cabeza hacia atrás, exagerando la pluma. El tamaño corporal de Fernando siempre fue un aliciente más a la hora de la diversión; era una persona que gesticulaba muchísimo y cualquier anécdota la acompañaba de escenificaciones pasadas de rosca. Una cerveza tras otra ayudaban, claro, hasta el punto de que con sólo mirar a la camarera, ya sabía que queríamos tres quintos más. Hubo un punto etílico en que propuse ir a mi casa y ellos aceptaron. Habíamos bebido tanto que volvimos haciendo eses; Fernando decidió bailar en un cabaret imaginario, Robe me echó el brazo encima y los tres fuimos cantando hasta la puerta de mi casa como penosas bailarinas de un cutre musical. Dábamos vergüenza pero cómo nos reímos, Dios mío, cómo nos reímos.
Todos estos detalles intrascendentes que cuento importan. Importan para entender que es posible que aquella noche tonta y sin mayor novedad fuera la última ocasión en que fuimos felices sin saberlo, sin tener ni idea de lo que estaba por venir, la última vez que hicimos cosas absurdas sin miedo, sin mirar alrededor, inconscientes y pletóricos.
En los sofás, en una conversación caótica y frente a más cervezas que bebíamos sin fin, alternaban cotilleos, escarceos sexuales y disparates. Una verborrea etílica que de tantas risas apenas me dejaba respirar, ni un segundo de descanso. Fue entonces cuando aporrearon la puerta con furia. Había puesto la música a un volumen más que alto y aún así, los golpes en la madera de la entrada retumbaron y nos hicieron callar. Primero cinco o seis. Luego se encadenaron en una metralleta, como si un loco quisiera asaltar mi casa. Fernando se había puesto la mano en el pecho mientras me miraba interrogante, Robe se encogía de hombros y yo negaba con la cabeza para darles a entender que no tenía ni idea de a qué podía venir tal barullo. Nos miramos sin saber pero por no sé qué sospecha, manteníamos el silencio. Cesaron los golpes y fue cuando pude oír, en palabras llenas de desasosiego:
-Ernesto, por favor, abre. Soy Santi. Ábreme por favor, necesito que me ayudes.
Hubo unos segundos donde me sentí más que paralizado, entumecido. Hacía unas dos semanas que no veía a Santi y lo había encontrado tan feliz y enamorado en su nueva relación que no tenía ni idea de a qué podía venir su golpear impetuoso en la puerta. Me levanté y abrí, sí, pero en el estado brumoso que me procuraba la cerveza. Sin apenas dar tiempo a dejar que entrara el aire por el quicio, Santi se coló en tromba, cerró la puerta tras de sí y me llevó al salón donde Fernando y Robe aguardaban, mirándonos con ojos muy abiertos y curiosos. Y no era para menos; Santi venía desencajado, la ropa bañada en sudor y hecho un desastre, las gafas mal colocadas y tan nervioso que no podía dejar de moverse ni tener las manos quietas. Encenderse un cigarro fue casi una tarea imposible que le llevó minutos, minutos que se hicieron eternos mientras los tres asistíamos silenciosos. Nunca lo había visto así, y eso que lo conocía más de diez años. Parecía que no iba a encontrar las palabras, pero las encontró, entrecortadas y temblorosas.
- Chus ha desaparecido.
Chus era su novio de un año y cinco meses, que de tanto repetirlo sus amigos sabíamos de memoria la cuenta. Era la primera persona con la que de verdad parecía que las cosas podrían salirle bien, porque hasta ese momento, lo de Santi con los hombres era un caso digno de estudio. He conocido a poca gente con tan mala suerte en las relaciones como él, porque de verdad era un buen tipo, profesor en la facultad de química de gran coco, sin nada que lo hiciera destacar pero buena gente y mejor persona. Hasta Chus, el historial amoroso de Santi recordaba a un catálogo de monstruos y horrores con polla. Chus era timidón, muy tranquilo y costaba esfuerzos mantener una conversación de más de cinco minutos con él, sin embargo, pareció ser justo lo que Santi necesitaba para ser feliz. Chus, a su forma callada, también daba la impresión de estar muy enamorado. Desde que se conocieron siempre se les veía juntos y no llegaban al año cuando comenzaron a vivir bajo el mismo techo. El piso se encontraba en un edificio de las afueras casi vacío y no era una casualidad. Ellos dijeron que era por la tranquilidad, yo siempre supuse que era por miedo a que descubrieran que estaban juntos.
Intenté tranquilizarlo y le pedí que se sentara, pero no quiso hacerme caso.
-¿Qué quieres decir con “ha desaparecido”?
-Llevo tres días sin verlo, sin aparecer por casa.
-No te preocupes…A lo mejor ha tenido que hacer algo urgente y no ha podido comunicártelo.
-¿Tú crees que después de tres días no habría intentado comunicarse conmigo?
-Tienes razón, quería tranquilizarte, sólo eso.
-El martes volví del trabajo y ya no estaba. Él sale casi dos horas antes que yo y le gusta preparar la cena mientras llego, por eso al abrir la puerta y no oler a comida cocinándose, ya sospeché algo. Llamé a su teléfono pero aparecía apagado o fuera de cobertura. Cuando se hizo la medianoche me asusté de verdad; no sé las veces que intenté llamarlo pero no hubo manera.
-Tengo que preguntarte esto y por favor tómalo de buena manera, sólo intento hacer una composición de lo que ha pasado…¿Habíais reñido?
- Je…Qué va…Creo que es la persona con la que más difícil es reñir en el mundo. Estábamos muy bien, tan bien como siempre, quiero decir. No ha pasado nada especial, al menos que yo recuerde.
- Habrás ido a la policía ¿No?
- Si, dejé pasar dos días para que no me tomaran por un loco o un histérico y he ido esta mañana. Han sido dos días horribles, horribles, nunca lo había pasado tan mal…
-¿Y?
Hasta ese momento, la conversación, pese al estado descompuesto de Santi, había sido extrañamente fluida. Sin embargo, en esa pregunta, se detuvo. Me miró y pude ver en sus pupilas una oscuridad inquietante y perturbadora que me sacudió en un escalofrío. Estaba asustado, asustado de verdad con un miedo que casi tenia presencia. Había apagado el cigarro sin apenas haberle dado unas caladas y se encendió otro.
-En la comisaría fue todo…Fue todo muy raro…
-¿A qué te refieres?- preguntó Robe. Había colocado su cuerpo fibroso y menudo en el borde del sofá, en un equilibrio tenso. Apretaba las mandíbulas y miraba a Santi intentando desentrañar el misterio.
Fernando me miraba alucinado, seguramente entendiendo tan poco como yo.
-Primero me lo pusieron imposible; decían que tenía que ser familiar cercano para poder poner una denuncia por desaparición. Dieron mil vueltas, yo estaba atacadísimo, casi me lío a hostias y a ellos parecía darles igual, hasta me dio la impresión de que alguno se sonreía.
- ¿Por qué tendría que sonreír? ¿Con qué motivo?- Robe, definitivamente, había tomado las riendas de la conversación.
Yo no quiero dármelas de listo y reconozco que en ese momento pensé que estaba desvariando, pero preferí guardar un silencio en forma de respeto.
- Déjame que siga. Inventé mil excusas, porque claro, de ninguna manera quería decirles que era mi novio. Pero daba igual, era como…como…como si ya lo supieran.
Totalmente ido, pensé, quitándole importancia y relajándome un poco.
-A esas alturas andaba tan desesperado que les dije que Chus no tenía a nadie en la ciudad, que era enfermo crónico y necesitaba las medicinas que había olvidado en su casa. Pasé por alto que era mi novio, no quise más problemas. Como podéis suponer me lo inventé todo, como también me inventé que tenía las llaves de su domicilio habitual y que había pasado por allí. . Con esa última mentira por fin uno de ellos puso intención en hacerme caso. No os vayáis a pensar que se desvivió o que le mataron las prisas, pero en esos momentos, esa pizca de atención me dio la vida. Se fue a una habitación contigua que funcionaba como una oficina, y aunque él creyó que no podía verlo, sí lo veía; por las rendijas de la persiana se podía saber perfectamente qué estaba haciendo. Tecleó en un ordenador las señas que yo le había escrito y en apenas unos instantes, la pantalla se llenó de datos. El gesto del policía cambió totalmente. Ahora parecía enfadado. Hizo una llamada de pocos segundos, el tiempo que transcurrió entre hacer una pregunta y asentir con la cabeza cuando le contestaban. Salió a continuación y vino directo hacia mí; os juro que pensé que me iba a pegar.
-Jooooder…
La primera intervención que Fernando hacía en la conversación fue un bálsamo para Santi. Respiró profundamente, levantando el pecho. Se notaba sobrepasado, sin fuerzas pero a la vez con alivio al poderlo contar. Por fin decidió sentarse, y lo hizo dejándose caer en el sillón, como caería un cuerpo muerto, una marioneta sin hilos. El miedo lo hacía estremecerse en intervalos y sus pupilas seguían perdidas en la oscuridad, mirando al vacío y viéndonos sin ver, atravesando el salón, mi casa y quién sabe qué más. Otro cigarro apagado y al instante, otro encendido. Pregunté si quería tomar algo y me pidió agua; la bebió ansiosamente de un trago.
- Cuando el puto poli estuvo frente a mí me soltó una parrafada que recuerdo hasta en la última coma. No creo que se me olvide en la vida. Me dijo; “Mira tío, es mejor que te vayas de aquí y no nos hagas perder más tiempo. Si quieres un consejo no te preocupes más y olvídate del tema, porque si sigues metiendo las narices te vas a encontrar con problemas muy gordos, más de los que te imaginas. Además, si fuera tú, dejaría pasar unos días y empezaría a buscarme un nuevo sitio donde vivir; el de ahora no te conviene ni es seguro. Esto te lo digo si valoras tu integridad física.” Imaginad la cara que se me quedó; no entendía nada, era como una broma pesada, muuuy pesada, como si yo fuera el responsable de la desaparición de Chus. Le pedí por favor que me explicara, pero tardó milésimas de segundo en desaparecer por el pasillo. Yo creo que quería perderme de vista y que no se le viera conmigo. Estuve a esto de montar un escándalo, pero estaba tan cansado, tan confundido que ni para dar gritos me quedaban fuerzas. Así que volví a casa, a tratar de pensar un poco en frio.
Volvió a detenerse mientras se mesaba los cabellos. Yo en ese momento me hallaba en un remolino de dudas y sin ninguna conclusión. Había tantos detalles sin titubeos en la narración y sonaba tan convincente que , ya sí, lo creí. A ninguna persona cabal se le podría pasar por la cabeza que fuera mentira. Sin embargo, podía ser un delirio, un brote de alguna enfermedad mental que yo desconocía; su ropa tenía el aspecto de llevar más de tras días puesta, y esa manera de mirar al vacío era tan perturbadora como extraña. Por otro lado, Santi no era una persona que se inventara cosas, tampoco tomaba drogas y apenas alcohol. Nunca le vi ninguna actitud rara y habitualmente lo consideraba una persona cuerda, razonable y normal, tal vez demasiado normal.
- No me mires como si estuviera loco, Ernesto… ¿Te crees que para mí esto es fácil? ¿Te crees que lo termino de asumir? Si vine aquí es porque no tenía a nadie más, pero si molesto, me voy.
- No Santi, perdona, perdóname. Pero es que lo que cuentas suena tan loco…
- A mí también me lo parece. Me siento como si estuviera viviendo una broma pesada en la que en breve, saldrán las cámaras, se caerá el decorado y aparecerá Chus gritándome entre risas ¡Sorpresa!
- Sí, eso parece- añadió Fernando.
- Pues aún hay más. Esta tarde, ya en casa, un poco más calmado, intenté pensar fríamente y recordé donde guarda Chus las llaves cuando viene de la calle…Y allí estaban, en el cajón.
- No entiendo.
- Espera y lo entenderás mejor. Estaba descalzo, como siempre hago cuando estoy en casa, y al ir a sentarme a los sillones del sofá, un cristal se me clavó en la planta del pie. No recordaba que se hubiera roto nada y de manera instintiva, me agaché, buscando…No sé que buscaba, pero allí estaba, debajo del sofá.
-¿El qué? Chico, que manera de intrigarnos- Fernando parecía entenderlo mucho más que yo.
- El florero de cristal de Murano que nos trajimos de Venecia, roto, hecho añicos.
- Bueno…- quise, otra vez, quitarle importancia- eso también lo hago yo de vez en cuando si se me rompe algo y no tengo tiempo de limpiar, jejeje. A lo mejor Chus…
- Si dices eso es que no conoces a Chus; es una de las personas más enfermas por el orden y la limpieza que conozco.
-Entonces, lo que quieres decir es…
- Que se lo llevaron. Chus estaba dentro, entraron al piso y se lo llevaron. El florero era la prueba de que hubo un forcejeo que alguien trató de esconder apresuradamente. Debió abrir la puerta sin saber lo que le esperaba. A lo mejor lo engañaron
- ¿Quieres decir un rapto? ¿Por dinero? No sé, me parece todo tan disparatado…
- Y a mí, pero ¿Has escuchado lo que te he contado? ¿Crees que puedo pensar en otra cosa? Y no, no creo que fuera por dinero…
- ¿Y entonces qué es lo que supones?
- No se me ocurre nada y eso es lo que me está volviendo loco…Lo más arriesgado que hace Chus en su vida es ser el portavoz de la plataforma anti homofobia, y ya ves tú, que tontería…
- Puede que algún vecino escuchara algo.
- En mi pasillo no vive nadie. Buscamos un edificio casi vacío precisamente para evitar a vecinos cotillas o chivatos y ahora…
- Mira, si quieres te acompaño mañana de nuevo a la comisaría y…
- ¡No! No pienso volver nunca más. No tengo miedo por mí, pero estoy tan preocupado por Chus…¡¡Dios, lo estoy echando tanto de menos!! Y temo por lo que le haya podido suceder, por lo que podría sucederle…
Rompió a llorar en un gemido casi inaudible, tapándose el rostro con vergüenza. En esos momentos lo oportuno es acercarse, abrazar, dar ánimos, pero yo estaba petrificado, aún no había asumido toda aquella información que Santi desparramó como ropa sucia por el salón. Fue Fernando el que se acercó y al notarlo cerca, Santi se lanzó a sus brazos y entonces ya sí rompió en un llanto desconsolado, interminable. Robe y yo nos mirábamos inmóviles. No sé la de minutos que debimos estar así, escuchando sólo el sonido de sus gemidos y sus lágrimas que parecían no se iban a acabar nunca. Yo también me senté tratando de asimilar y ordenarlo todo. Tras unos minutos, cuando lo vi más recompuesto le dije:
- Se me ocurre que después del fin de semana podemos ir a ver a mi amiga Marisa; es abogada, trabaja en un despacho y puede que ella nos sepa encaminar. Es una mujer de puta madre, eso te lo aseguro; sabe escuchar y se tomara el caso como algo personal.
- ¿Crees…crees que podemos confiar en ella?- A santi se le veía un temblor en la mano cada vez que se acercaba el cigarrillo a la boca.
- Sin ninguna duda… ¿Por qué no habríamos de hacerlo?¿De qué tienes miedo?
- No sé… Se dicen tantas cosas por ahí…La primera vez que escuché lo de las patrullas me dio la risa, pero ahora ya no sé qué pensar…
-¿Patrullas? Venga ya, Santi, no seas conspiranoico. Eso no hay quién se lo crea…Se comenta, se comenta, pero todavía no he conocido a nadie que de verdad lo haya vivido cerca. Los medios ya habrían dado noticias. La gente no lo permitiría.
- ¿Te refieres a esa gente que ha vuelto la cabeza frente a todo lo demás?¿Qué medio lo denunciaría sin que corriera peligro de cierre, multa y tal vez cárcel para los directivos?
- Hombre ya, pero estamos hablando de cosas fundamentales, de derechos humanos…
- ¿Me estás diciendo que lo ocurrido hasta ahora te parece lógico? ¿Qué no se están atacando cosas fundamentales?
- Pero no me ataques a mí, Santi; yo no tengo culpa ni responsabilidad…
- Nadie tiene culpa, nadie tiene responsabilidad, pero mientras…Mientras Chus ha desaparecido y no sé qué hacer o a quién acudir. Me siento tan solo…
- No digas eso; yo no pienso abandonarte seguro que Fernando y Robe tampoco.
- Eso espero…No serías la primera persona…
-¿A qué te refieres?
- Antes de venir aquí llamé a mi hermano. Desde que las cosas empezaron a ponerse feas no hablamos, más bien no me habla, hace como un año de eso, pero mira, tiene un puesto importante en la administración y pensé que tal vez…
- ¿Qué ocurrió?
- Al principio pareció alegrarse, pero cuando me preguntó si yo había recapacitado sobre mi enfermizo modo de vida ya supe que las cosas seguían igual. Traté de explicarle pero me colgó.
- Vaya…Que cerdo…Será tu hermano pero es un cerdo.
- A mí me lo vas a decir…
- Bueno mira, por lo pronto esta noche quédate a dormir aquí. Saco sabanas y duerme en el sofá. Mañana a primera hora llamaré a Marisa y nos plantamos en su despacho sin más espera.
- No quiero molestar…
- No molestas, hombre.
- Oye Ernesto -(hasta ese momento, Fernando, tan loco, despreocupado y frívolo en todo momento, había permanecido mudo con la boca abierta y los ojos encendidos de asombro y estupefacción)- ¿Te importa si yo me quedo también a dormir? No me apetece salir a la calle ahora y tampoco dormir en mi casa…Solo…
- Pues tendrás que dormir en mi cama, conmigo…No tengo más sitio…¡¡Espero que me respetes, que quiero llegar virgen al matrimonio!!
- Yo me quedaré en el otro sofá- Robe también se unió a nosotros y eso sí que me extrañó, él que no se consideraba parte de ningún grupo y que siempre llevó una vida más que independiente.
Al poco, cuando volví al salón con las sabanas y la almohada, Santi ya dormía, desbalazado como un muñeco roto. Lo arropé. Robe me miraba con el gesto preocupado y me dijo susurrando:
- Todo esto es rarísimo, Ernesto. No sé qué pensar.
- No te preocupes; todo se va a arreglar. Aparecerá Chus y nos reiremos de todo esto como de un mal sueño.
Ni me podía imaginar hasta que punto me estaba equivocando.